LOS ANTIDEPRESIVOS: CAUSA DE MUCHOS ACTOS DE VIOLENCIA
Los
psicólogos David Healy y David B. Menkes han realizado junto a Andrew
Herxheimer, miembro del conocido Centro Cochrane de Gran Bretaña, un
estudio revisando la relación existente entre algunos antidepresivos y
distintas situaciones acciones juzgadas en los tribunales. Y en su
opinión de los ensayos clínicos y estudios de farmacovigilancia
realizados se deduce la existencia de relaciones entre ciertos
antidepresivos y los comportamientos violentos de quienes los
ingirieron. De hecho hay jueces y jurados que han dejado libres a
algunas personas a pesar de haber cometido horrendos asesinatos en el
convencimiento de que lo hicieron bajos los efectos de antidepresivos.
Otros, por el contrario, se han negado a considerar siquiera la
posibilidad de que tales fármacos pudieran haber sido -en mayor o menor
medida- la causa de su comportamiento violento.
¡No culpable!
Tal fue la sentencia del Tribunal Superior del condado de Thurston
(Washington) hace sólo unas semanas. Después de muchos meses Eric y
Margaret Attwood volvieron a caminar juntos como tantas veces habían
hecho durante sus últimos 60 años de convivencia. Viéndoles tan unidos
era difícil imaginar que en la mañana del 3 de octubre del pasado año
Eric había apuñalado en el cuello a su mujer mientras dormía...
Podía
haber sido un caso más de violencia de género, similar a otros muchos
de los que en nuestro país nos espantan a diario, pero en esa ocasión
el juez dictaminó que según las pruebas el intento de asesinato fue
motivado por un ataque de locura transitoria causada por la ingesta del
antidepresivo Wellbutrin.
También hace sólo unas semanas, perdida entre las páginas de un diario,
una noticia de tan sólo unas líneas relataba que un joven se había
suicidado. El texto añadía, sin profundizar en ello, que llevaba algún
tiempo sometido a tratamiento psiquiátrico.
Patología mental y medicación. ¿Cuál la causa? ¿Cuál el efecto?
Dos realidades cabalgan juntas como caballos desbocados por nuestra
sociedad del bienestar. Porque cada vez más personas recurren a los
psicofármacos como solución a sus problemas mentales y/o emocionales y
cada vez son también más los hechos violentos inexplicables que
achacamos a una agresividad irracional. Se trata de realidades que
normalmente contemplamos por separado... salvo cuando ambas coinciden.
Y es entonces cuando la duda de si no habrá conexión entre ambas surge
inevitable.
Ciertamente hay personas que aseguran sentirse mejor tras tomar
psicofármacos pero lo cierto es que quienes los consumen, los van a
consumir o, lo que aún es más grave, están dispuestos a que los tomen
niños y adolescentes para “solucionar” sus problemas deberían ser
conscientes de algo indiscutible: ningún antidepresivo es inocuo.
De
hecho su larga lista de efectos secundarios causaría espanto sin más si
no fuera por el “aval” que reciben de tantos psiquiatras y médicos de
cabecera. Porque no hablamos sólo de efectos como malestar estomacal,
mareos y subidas de tensión además de problemas de insomnio y
alteraciones que impiden la conducción sino incluso de inestabilidad
emocional, hostilidad, agresividad, ideas suicidas o intentos de
suicidio, acatisia -incremento de la inquietud-, despersonalización o
agravamiento de la depresión, entre otros... Pudiendo en ocasiones
tener lugar cualquiera de esos efectos ¡varias semanas después de
iniciado el tratamiento e, incluso, tras su retirada!
Hasta tal punto los efectos secundarios de los antidepresivos son
importantes que hoy las autoridades canadienses advierten a quienes los
consumen -a cualquier edad- que pueden experimentar cambios
conductuales y/o emocionales que les lleven a ponerse en riesgo a sí
mismos o a terceros.
¿Que
muchos médicos creen que “funcionan”? Depende de lo que se entienda por
funcionar. Desde luego no es algo que pueda discutirse sin analizar los
antecedentes de cada caso y el tipo de soluciones terapéuticas buscadas
con anterioridad a los fármacos.
¿Que
son “escasos” los casos de reacciones violentas? Eso sí es discutible.
No está nada claro, principalmente porque a estas alturas los
laboratorios han ocultado tanta información que es difícil creer que
cuentan todo lo que saben y revelan los datos que pueden perjudicar a
sus productos.
Por
otra parte, con un sólo caso grave que provoque -¿le tocará a usted o a
alguien querido quizás?- la tragedia que deja algo así detrás debería
hacernos reflexionar sobre el tipo de medicamentos que los organismos
reguladores están aprobando y el riesgo que asumimos. Nadie, desde
luego, sabe ni cómo, ni cuándo, ni por qué el gatillo puede saltar. Y
nadie sabe tampoco, por tanto, la manera de evitarlo.
Antidepresivos Los
más utilizados en la actualidad son los inhibidores selectivos de la
recaptación de serotonina (ISRS). Incluyen la fluoxetina -el conocido
Prozac- la sertralina, el citalopram, la fluvoxamina y el escitalopram.
Los antidepresivos también incluyen una clase de drogas conocidas como
inhibidores selectivos de la recaptación de serotonina/norepinefrina
(ISRSN) como la venlafaxina, la duloxetina y el milnacipran.
¿Y
son seguros?, se preguntará el lector. Pues le diré que Joseph
Wesbecker disparó y mató en 1989 a ocho personas e hirió a otras doce
antes de suicidarse en su lugar de trabajo en Kentucky (EEUU). Y lo
hizo después de haber estado tomando fluoxetina durante las cuatro
semanas previas. Hecho que llevó a denunciar a los fabricantes del
producto, la multinacional Eli Lilly. El caso se vio en 1994 y aunque
el laboratorio fue declarado “no responsable” durante el proceso se
puso a disposición del público un buen número de documentos de diversas
compañías farmacéuticas sobre los efectos que pueden inducir los
inhibidores selectivos de la recaptación de serotonina (ISRS).
Bien,
pues las evidencias reveladas en ese caso y en algunos otros han sido
utilizadas por David Healy y David B. Menkes –psicólogos en la
Universidad de Cardiff (Reino Unido)- junto a Andrew Herxheimer –del
Centro Cochrane en el Reino Unido- para realizar el primer estudio
conocido sobre antidepresivos, violencia y sus posibles repercusiones
legales: Antidepressants and Violence: Problems at the Interface of
Medicine and Law (Antidepresivos y violencia: problemas en la relación
entre la Medicina y la Ley). El estudio está publicado en Plos Public
Library of Science (www.plos.org) y a él vamos a referirnos en este
texto.
ANTIDEPRESIVOS, VIOLENCIA Y LAGUNAS LEGALES
¿De quiénes hablamos? ¿Y qué crédito tienen esos investigadores?
Veámoslo. Healy ha sido perito en nueve casos en los que estuvieron
involucrados antidepresivos y suicidio o actos violentos y ha
testificado en aproximadamente otros 100 casos en los que ocurrió otro
tanto. Además ha sido asesor de gran número de compañías farmacéuticas
importantes. Herxheimer, por su parte, ha sido perito en 12 casos que
también involucraron antidepresivos con suicidio o violencia. En cuanto
a Menkes fue también perito en otros seis casos en los que estaban
presentes antidepresivos y violencia habiendo igualmente trabajado para
la mayoría de las principales compañías farmacéuticas. Y los tres son
claros al hablar:
“Hemos
repasado –explican en su estudio-los datos de los ensayos clínicos
disponibles sobre paroxetinay sertralina, y los de los estudios de
farmacovigilancia sobre paroxetina y fluoxetinaasí como una serie de
casos medico-legales que involucran antidepresivos y situaciones
violentas. Y tanto los ensayos clínicos como los datos de
farmacovigilancia apuntan posibles relaciones entre esas drogas y los
comportamientos violentos. Los casos legales estudiados revelan una
variedad de veredictos. Y muchas jurisdicciones parecen no considerar
la posibilidad de que un medicamento de prescripción pueda inducir a la
violencia”.
Sin
embargo la gravedad del caso es tal que los tres investigadores agregan
que a su juicio estamos ante un problema internacional que precisa de
una respuesta internacional para la que, sorprendentemente, no existe
bibliografía científica suficiente a disposición de la Justicia. Y lo
justifican recordando que en Estados Unidos los prospectos de todos los
antidepresivos advierten desde agosto del 2004 lo siguiente: “Ansiedad,
agitación, ataques de pánico, insomnio, irritabilidad, hostilidad,
agresividad, impulsividad, acatisia (inquietud psicomotora), hipomanía
y manía se han informado en adultos y pacientes pediátricos que son
tratados con antidepresivos para los principales desórdenes depresivos
así como para otras indicaciones, psiquiátricas y no psiquiátricas”. A
pesar de lo cual, denuncian, “son pocos los datos que están disponibles
sobre la relación entre el uso de antidepresivos y los brotes de
violencia”.
Pues
bien, Healy, Herxheimer y Menkes analizaron los escasos datos
proporcionados por los laboratorios, los que obran en poder de la
Agencia Reguladora Británica, los conseguidos en los tribunales y 1.374
correos electrónicos que fueron enviados a la BBC por telespectadores
-principalmente pacientes- tras ver un programa sobre la paroxetina
emitido el año 2002. Tras examinar todo lo cual señalan: “Hay
evidencias suficientes para sostener que el tratamiento antidepresivo
puede inducir problemas y una prima facie(evidencia que es suficiente
para levantar una presunción de hecho) de que la acatisia, la
inestabilidad emocional y la reacción maníaca o reacciones psicóticas
podrían llevar a violencia”.
Los
autores reconocen que la principal debilidad de su estudio es que sólo
han podido basarse en parte de los datos existentes pero dejan bien
claro que ello se ha debido a la nula colaboración de los laboratorios
para facilitarles los datos que poseen. “Los datos sobre agresividad
tras ingerir antidepresivos –denuncian- tienen que haberse obtenido
necesariamente como parte del programa desarrollado para esos
medicamentos pero no son de dominio público”. A pesar de lo cual
consideran que sus datos son de por sí consistentes: “Si los
antidepresivos pueden ser en principio disparadores de la violencia
siempre existirá la necesidad de establecer si tal posibilidad admitida
como general podría haber estado involucrada en un caso individual”.
La
realidad, sin embargo, es que en jurisdicciones diferentes se adoptan
posturas diferentes sobre si un tratamiento con antidepresivos puede
invocarse como posible defensa o factor mitigador en los casos de
asesinato o violencia.
Lo
que en todo caso sí parece claro es que los datos -cada vez más
frecuentes- que relacionan los antidepresivos con la violencia han
convertido en insuficiente la figura legal del automatismo, definido
como un funcionamiento mental defectuoso de carácter transitorio, no
recurrente y causado por un factor externo, sea físico o psicológico,
que produce incapacidad para controlar los actos. Porque, ¿qué pasa
cuando se provoca una perturbación que sin embargo permite mantener
comportamientos aparentemente normales durante varias semanas? ¿Y qué
pasa en el caso de medicamentos capaces de sofocar las respuestas
temerosas normales y las preocupaciones por las consecuencias?
Es
evidente que en una sociedad en la que cada año aumenta el consumo de
antidepresivos se necesitan más datos sobre su posible incidencia en
los comportamientos violentos. “Los datos combinados –señalan los
investigadores- podrían quizás establecer si los riesgos de tratamiento
se relacionan con la edad y el género, o si aquellos con y sin
historias anteriores de agresividad son igualmente afectados. Puede ser
que datos más completos mostraran que el riesgo asociado con ciertos
antidepresivos ISRS y tricíclicos puede ser menor en unos que en otros,
o que pueden no existir en todos los antidepresivos. No hay ninguna
manera de hacer esa determinación sin el acceso a los datos. Dados los
nuevos problemas médico-legales que algunos de estos casos proponen
puede venirle bien a los tribunales exigir que esos datos -ahora
indisponibles- se hagan públicos”.
De momento se trata de un estudio único pues no hay ningún otro que
relacione los antidepresivos con los hechos más violentos de nuestra
realidad cotidiana -aquellos que tienen repercusiones penales- pero
todo apunta que es la punta de un iceberg que parece de enorme
trascendencia. No estaría de más por ello que todos los que creen que
la medicación es la “solución” para sus problemas visiten la web
www.antidepressantadversereactions.com. Porque en ella, entre otras
muchas cosas, puede leerse esto: “Los inhibidores selectivos de la
recaptación de serotonina (ISRS) no corrigen desequilibrios
bioquímicos. Son drogas que crean desequilibrios severos en el cerebro
(...) La idea de que el sufrimiento psicológico tiene razones
bioquímicas se debe estrictamente a una campaña promocional, quizás la
más exitosa en la historia del mundo, impulsada por las compañías de
medicamentos. No tenemos una tecnología científica capaz de medir lo
que pasa dentro del cerebro... Se trata pues, literalmente, de una
invención”.
UN ABISMO SIN FONDO
En el 2003 la Agencia Reguladora Británica lanzó una alerta advirtiendo
que la paroxetina no debía utilizarse en menores de 18 años ya que
aumenta entre 1’5 y 3’2 veces el riesgo de autolesiones y,
potencialmente, de suicidios. La alerta fue de inmediato secundada por
diversos países europeos como Francia, Italia o Irlanda. Pero no la
secundó la Agencia Europea del Medicamento -lo haría más tarde, en
abril del 2004- ni, por supuesto, la Agencia Española del
Medicamento... que no publicaría su alerta sobre los ISRS ¡hasta
finales de junio de ese año! También en el 2004 la agencia reguladora
norteamericana, la FDA, enviaría una carta a todos los laboratorios
fabricantes de antidepresivos obligándoles a añadir una advertencia de
máxima seguridad –caja negra- sobre el riesgo de “ideas o
comportamientos suicidas” que el uso de antidepresivos puede generar en
los consumidores de esos fármacos, sobre todo en niños y adolescentes.
Salvador
Peiró, Pedro Cerveray Enrique Bernal-Delgado -de laFundación Instituto
de Investigación en Servicios de Salud de Valencia-publicaron en el
2005 en Gaceta Sanitaria un más que interesante análisis sobre la
situación en nuestro país titulado Los inhibidores selectivos de la
recaptación de serotonina en la depresión infantil: un “culebrón”que
refleja importantes problemas de seguridad de los medicamentos. Y en él
los autores muestran precisamente su extrañeza por el retraso de la
Agencia Española del Medicamento en hacerse eco de la alerta británica.
“Formalmente, y ya que nunca aprobó la indicación pediátrica, no tenía
por qué informar pero este respeto a la formalidad burocrática olvidaba
la seguridad de los miles de niños y adolescentes sujetos a
tratamientos con esos fármacos”.
El
trabajo de los investigadores españoles ofrece un marco de referencia
sobre el uso de estos productos en nuestro país. “Aunque estas cifras
–señalan- deben valorarse con mucha precaución ya que la realidad es
que no se dispone de datos del consumo de ISRS por niños (parte de las
recetas podrían haber sido extendidas para adultos durante la atención
continuada y parte de las recetas a niños –sobre todo los mayores de 14
años– pueden haber sido extendidas por médicos generales y, por tanto,
no contabilizadas) su extrapolación al conjunto del Sistema Nacional de
Salud (también con todas las precauciones) implicaría que unos 10.000
niños en España estaban siendo tratados con esos fármacos a finales de
2003, cifra que sería muy similar a la señalada para el Reino Unido,
aunque muy por debajo de las estimaciones de millones de niños y
adolescentes tratados en Estados Unidos”.
Finalmente
se lamentan también del silencio que envuelve el debate en torno al
tratamiento con ISRS en niños en nuestro país: “En realidad, en España
las polémicas sobre los ISRS parecen haber pasado de puntillas por la
prensa general, la especializada, las revistas científicas y las
administraciones sanitarias. De hecho, y salvo algún comentario de
agencia en la prensa general o periódicos sanitarios, no hemos
identificado ningún debate sobre el tema en el período desde la
publicación de la alerta británica hasta la publicación de la alerta
española (salvo una nota en la prensa especializada en la que algunos
psiquiatras comentaban la polémica desde posiciones favorables al uso
de ISRS en la depresión infantil). Tampoco hemos podido detectar
ninguna información a los médicos durante este período por parte de los
fabricantes de ISRS (pese a que sí ofrecieron esta información en el
Reino Unido, Canadá y Estados Unidos), ni de los Departamentos de
Sanidad de los gobiernos autónomos”
Así
las cosas, teniendo en cuenta que la Agencia Europea del Medicamento ha
cambiado su criterio anterior y ha emitido un informe favorable al uso
de la fluoexetina (Prozac) para el tratamiento de niños de 8 a 12 años
con depresión de moderada a severa, es evidente que pronto uno de los
fármacos más vendidos en el mundo estará en nuestro país a disposición
de médicos y psiquiatras. No estará de más por ello recordar lo que
dice en estos momentos la ficha técnica de la fluoexetina sobre su uso
en niños y adolescentes menores de 18 años: “Fluoxetina no deberá
utilizarse en el tratamiento de niños y adolescentes menores de 18 años.
Los
comportamientos suicidas (intentos de suicidio e ideas de suicidio) y
la hostilidad (predominantemente agresión, comportamiento de
confrontación e irritación) fueron constatadas con más frecuencia en
ensayos clínicos con niños y adolescentes tratados con antidepresivos
frente a aquellos tratados con placebo. Si se adoptase no obstante la
decisión, sobre la base de las pruebas médicas, de efectuar el
tratamiento, deberá supervisarse cuidadosamente en el paciente la
aparición de síntomas de suicidio. Además carecemos de datos sobre la
seguridad a largo plazo en niños y adolescentes por lo que se refiere
al crecimiento, la madurez y el desarrollo cognitivo y conductual”.
En
suma, como quiera que el Prozac va a aterrizar antes o después en
nuestro país desde esta revista advertimos que creer que los problemas
de comportamiento de un niño o de un adolescente pueden solucionarse
con antidepresivos es como asomarse confiadamente y sin sujeción a un
abismo sin fondo.
Gwen Olsen
Gwen
Olsen trabajó quince años en los equipos de ventas de grandes
laboratorios como Johnson & Jonson, Bristol Meyers Squibb y Abbot.
Bueno, pues decidió abandonar su trabajo y su carrera el año 2000...
cuando sus jefes le pidieron que comercializara un nuevo antidepresivo.
Ahora trabaja para una empresa de productos naturales. Y acaba de
publicar Confessions of an Rx Drug Pusher: God’s Call to Living Arms,
obra en la que, entre otras cosas, denuncia el mercantilismo existente
en torno a los antidepresivos y sus graves efectos secundarios. Algo
que, por desgracia, conoce de primera mano. No ya porque sepa
perfectamente lo que hay detrás de su comercialización –que también-
sino porque una sobrina suya se suicidó después de haber tomado
antidepresivos. Le fue prescrita la medicación tras un accidente de
automóvil y cuando trató de dejarla cayó en una profunda depresión. “Se
quemó viva –explicaba Olsen en una entrevista a Kathy Rumlesky en Free
Press Reporter-. Se había vuelto adicta y cuando intentó dejarlo cayó
en una depresión. Su médico la prescribió otro antidepresivo y eso la
llevó a una espiral descendente, hacia el suicidio”. Es más, la propia
Gwen Olsen fue tratada con antidepresivos en 1992. “Me volví una
psicópata maníaca”, reconocería. Añadiendo: “Aproximadamente el 25% de
la población que los toma tendrá reacciones adversas serias”.
Aunque
quizás lo más impactante de su testimonio sea su referencia a los niños
porque, según asevera, son más vulnerables a los efectos secundarios
debido a que sus órganos están aún desarrollándose: “Reaccionan tres
veces más a estas drogas que un adulto”, denuncia. Durante la
entrevista Olsen deja además para la reflexión una idea especialmente
significativa por proceder de alguien vinculado durante mucho tiempo a
la industria farmacéutica: “Hay importantes incentivos económicos para
sobreprescribir estas drogas”. A lo que añade: “Son un mecanismo de
control social”. Como colofón asegura que una vez que alguien empieza a
consumir psicofármacos nunca podrá dejarlos: “Será cliente de la
industria farmacéutica toda la vida –afirma-. Los medicamentos alteran
la patología química del cerebro para que no pueda dejarlas. Son
sumamente adictivas”.
¿PRESCRIPCIÓN: SUICIDIO?
Al igual que hiciera el cineasta Michael Moore con documentales como
Bowling for Columbine o Fahrenheit 9/11, otro cineasta, Robert Manciero
-premiado con cinco Emmys de la Academia de las Artes, las Ciencias y
la Televisión, dos de ellos este año- ha decidido desvelar al público
norteamericano -el mayor consumidor de antidepresivos del mundo- la
realidad del suicidio infantil relacionado con ellos. El resultado de
su trabajo ha sido un documental titulado ¿Prescription: Suicide? que
ya ha sido premiado con el Spirit of Independents en el Ft Lauderdale
International Film Festival. Documental en el que se acerca a las
experiencias de seis niños de entre 9 y 16 años que tras consumir
antidepresivos intentaron suicidarse; algunos de los cuales,
lamentablemente, lo consiguieron.
Para
ello Manciero y su coproductor, Rich Samuels, hablaron con más de 60
familias antes de decidir las seis sobre las que centrar el documental.
La película empezó a rodarse en marzo de 2005 y se completaría en
octubre. “Habrá merecido la pena rodarla –declararía la esposa de
Manciero- aunque apenas salve la vida de un solo niño. Por otra parte,
todo padre debería verla porque es muy importante que aprendan a
escuchar a sus hijos, a prestar atención a lo que les tienen que decir”.
Los
pormenores de la película y la forma de acceder a ella así como algunos
de los testimonios más impactantes sobre la misma pueden consultarse en
www.prescriptionsuicide.com. Lo que a continuación transcribimos no son
sino unos leves reflejos de la tragedia en la que se vieron envueltas
unas familias a las que unos médicos convencieron de que lo mejor era
“medicar” a sus hijos:
Familia Karambelas: “Poco podíamos pensar que nuestro mundo entero se
volvería del revés”. “Vivimos como rehenes de las medicaciones. No
podíamos funcionar como una familia, no podíamos estar ni con los
amigos, ni con la familia, como antes hacíamos”. “Nuestros hijos han
sido utilizados como conejillos de indias. Como padres debemos ahora
enfrentarnos a las compañías y no permitir que esto siga ocurriendo”.
Dennis Karambelas y Marion Goff.
Familia Burk: “Supe que Ray y sus amigos habían experimentado con
antidepresivos así que empecé a leer en Internet cualquier información
que pudiera encontrar. Y cuanto más leía, más odiaba a las compañías de
medicamentos. Me enfadé con los amigos de Ray por darle los
medicamentos. Me enfadé con Ray por tomarlos. Y me enfadé con Dios por
permitir que algo así pasara”. “Hay tantas personas a las que se han
prescrito antidepresivos que no es difícil para un adolescente
recibirlos del botiquín de alguien”. Ray Burk.
Familia Dowing: “Las niñas de 12 años, sencillamente no se matan”.
“Cuando hay algo malo con un niño y se vuelve un problema no tiene que
ser tratado con estas drogas que están prescribiéndose para estos casos
fuera de prospecto. No se conoce bastante sobre ellas como para
arriesgar la vida de los niños”. “Candace no se mereció esto. Nosotros
no nos merecimos esto”. Andrew y Mathy Dowing.
Familia Atwood: “El impacto en la familia fue de mucho miedo y
preocupación. Sentíamos como si con Jason nos mantuviéramos sobre
cáscaras de huevo. Constantemente estábamos supervisando cada uno de
sus movimientos y acciones”. Karen Atwood.
Familia McIntsoh: “Tras lo ocurrido nuestras vidas fueron puestas del
revés. Nuestra familia se convirtió de repente en una familia muy
diferente. Todo cambió para siempre. No sólo las relaciones entre
nosotros sino también la manera de contemplarnos nosotros mismos”.
Glenn McIntosh.
Familia Brooks: “Ningún padre debería tener que pasar por lo que
nosotros pasamos. Hasta que uno no lo vive es difícil entender la
tragedia por la que un padre puede llegar a pasar”. “Fui hasta el baño
y había sangre por todas partes. No fue un accidente”. “Deben pagar por
esto. Ellos dieron estas medicinas a los niños. Es un asesinato.”
Cheryl Brooks.
TOME CONCIENCIA
Más allá de las estadísticas oficiales, de las comparativas entre los
ISRS y los placebos, y de los datos que se ocultan... la realidad es
que detrás de cada niño que puede ser conducido al borde del suicidio
hay un nombre y una familia. Y uno debe preguntarse con
responsabilidad: ¿le pasará al nuestro? Ningún psiquiatra le asegurará
que no.
El
mencionado documental no deja indiferente a nadie. “Como abogado que se
ocupa de muchos casos de niños víctimas de los ISRS -escribeHaris
L.Pogust, de la firma Cuneo, Pogust & Mason, LLP- doy las gracias a
las familias que tomaron parte en la elaboración de ¿Prescripción:
Suicidio? Es indispensable hacer llegar esos testimonios a todos
aquellos padres que estén pensando en medicar a sus niños con tales
fármacos así como a los padres que ya lo han hecho. La película es un
retrato sumamente bien hecho de las historias que nosotros oímos a
diario. Ha hecho un tremendo servicio a miles de niños y a sus familias
que pueden ahorrarse la agonía de tratar con el suicidio o el intento
de suicidio como resultado de tomar esas drogas”.
“La
fuerza de los padres y hermanos de los niños que se suicidaron
–cuentaJoy Hancock, autor del libro Prescription for Mandes- brilla a
través de los momentos más oscuros de la película y el espectador no
puede ayudar pero siente admiración mezclada con increíble simpatía por
las familias cuando discuten con claridad la pérdida de su ser amado.
Los productores Rob Manciero y Rich Samuels ahondaron eficazmente en la
pesadilla de cada niño. Los videos domésticos esparcidos a lo largo de
la exhibición cinematográfica con los momentos diferentes de sus vidas
-en Navidad, los deportes en equipo, las vacaciones - intensifican la
honda emoción que subyace en la película. Al final me sentí agotado,
agradecido de que la película hubiera terminado. Sin embargo una parte
de mí quería ver más de los niños, sus rostros sonrientes, la
precocidad y su sencilla inocencia antes de que la oscuridad
descendiera sobre ellos. Es un deber para todos ver el documental. Los
negativos efectos de estos medicamentos -a veces mortales- en niños y
adolescentes, tan audazmente presentados, ya no pueden ignorarse.
ComoCaroline Downing declara de forma tan sencilla y clara al principio
de la película: ‘La historia debe contarse!’ Bravo, Sr. Manciero, por
tener el valor de haberlo hecho”.
Tan
desagradable es la verdad que se nos oculta. Un drama que se clava en
el alma y pretende silenciarse. No obstante habrá sin duda alguien que
a pesar de todo intente convencernos de la utilidad de los
antidepresivos, alegará la favorable relación riesgo-beneficio de los
mismos, su “seguridad” a las dosis prescritas y que si están
autorizados será por algo... Nosotros nos limitamos a decirle que
recuerde lo que aquí ha leído. Y que tenga presente las palabras de Lou
Marinoff, autor de Más Platón y menos Prozac: ”La idea de que todos los
problemas personales son enfermedades mentales constituye una
enfermedad mental en sí misma. Su principal causa es la irreflexión y
la mejor cura la lucidez”.
Antonio Muro.
Un vídeo de Gwen Olsen que no tiene desperdicio, os vais a quedar con la boca abierta...
"...El
gobierno oculto está permitiendo liberar y publicar toda la
información, sobre sus actos y planes, a través de ciertas personas
(conscientes o no). Su pretensión es tenernos aún más asustados..."
"...Si
vamos a difundir noticias inquietantes, hagámoslo con Amor.
Teniendo la certeza absoluta de que la Luz, muy pronto, brillará entre
las tinieblas. Borrando para siempre la ignorancia a la que nos tienen
sometidos..."
Somos
Luz y Amor. No permitamos que nos oscurezcan.
GRACIAS
A TODOS POR SER LA LLAMA EN LA OSCURIDAD...